10 ago. 2010

Piano Man



















Billy Joel




Aparece en el escenario rastreando con la mirada si se encuentra presente.

Como bienvenida decide comenzar por aquella melodía que sabe que le agitará el corazón. Absorta, al escucharla, levanta el rostro para hallar su sonrisa cómplice.

Las notas caen sobre el agua que limpia guijarros y pequeñas hierbas decorativas en una terraza lujosa, donde el precio de una comida resulta escandalosamente inadecuado con los hombres y mujeres que duermen en bancos a pocos metros.

Los camareros y maîtres, de espaldas erguidas, se pasean con orgullo al ser partícipes de la elevada posición de los que les rodean, salvo una excepción, ella, la mujer que sólo posee luz para regalar con sus hombros mayas.

El hombre del piano, de manos sensibles y ojos curiosos siembra el aire de serenidad, invitando la imaginación a pasear fuentes lejanas, dejando atrás los cántaros rotos; aquellos pedazos que se pisan sin ser consciente ya de que existen. Por no existir, ni tan siquiera se molestan en crujir al aplastarlos, rechazados, cobardes, convirtiéndose de forma camaleónica en tierra seca.

Lejos de lo que no merece la pena darle vida, ni ser recordado, las melodías que se alzan altivas recorren un río exclusivo y silencioso, donde se encuentra una piedra preciosa que ella guarda en un lugar recóndito. El tiempo se convierte en un nudo de ensoñaciones, lágrimas, sonrisas y gratitud.

Piano Man, despierta las emociones que no quieren atraparse, libres, osadas, profundas, inmensas e irreverentes quizá. Acariciando las notas con las manos, levanta la mirada clara para encontrar una mesa vacía que sólo conserva el aroma de una flor y tal vez de un adiós.






Ben Cristopher





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