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10 ago 2010

Piano Man



















Billy Joel




Aparece en el escenario rastreando con la mirada si se encuentra presente.

Como bienvenida decide comenzar por aquella melodía que sabe que le agitará el corazón. Absorta, al escucharla, levanta el rostro para hallar su sonrisa cómplice.

Las notas caen sobre el agua que limpia guijarros y pequeñas hierbas decorativas en una terraza lujosa, donde el precio de una comida resulta escandalosamente inadecuado con los hombres y mujeres que duermen en bancos a pocos metros.

Los camareros y maîtres, de espaldas erguidas, se pasean con orgullo al ser partícipes de la elevada posición de los que les rodean, salvo una excepción, ella, la mujer que sólo posee luz para regalar con sus hombros mayas.

El hombre del piano, de manos sensibles y ojos curiosos siembra el aire de serenidad, invitando la imaginación a pasear fuentes lejanas, dejando atrás los cántaros rotos; aquellos pedazos que se pisan sin ser consciente ya de que existen. Por no existir, ni tan siquiera se molestan en crujir al aplastarlos, rechazados, cobardes, convirtiéndose de forma camaleónica en tierra seca.

Lejos de lo que no merece la pena darle vida, ni ser recordado, las melodías que se alzan altivas recorren un río exclusivo y silencioso, donde se encuentra una piedra preciosa que ella guarda en un lugar recóndito. El tiempo se convierte en un nudo de ensoñaciones, lágrimas, sonrisas y gratitud.

Piano Man, despierta las emociones que no quieren atraparse, libres, osadas, profundas, inmensas e irreverentes quizá. Acariciando las notas con las manos, levanta la mirada clara para encontrar una mesa vacía que sólo conserva el aroma de una flor y tal vez de un adiós.






Ben Cristopher





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22 may 2009

ANA MARÍA
























Tiene Ana María una mirada que ya está de vuelta. Sus ojos, paseando los años, se dirigen instintivamente hacia lo real, al detalle humano libre de hipocresía.

Ana está radiante, dedicando y compartiendo su última obra en la Feria del Libro de Valencia. Serenamente, muestra el rostro que la vida ha labrado a golpe de afectos, –traducidos en espléndidas obras maestras– embelleciéndola más todavía.

Su talento como escritora fue reconocido desde su juventud. El largo recorrido ha demostrado que es única y que su grandeza reside en la humildad.


El magnetismo que desprende me captura de inmediato. Mi pequeño acompañante la observa inusualmente tímido, “¿Quieres darle un beso? Es amiga de mamá” –con intención de ahuyentar la extraña timidez–. Ya no titubea, resuelto se aproxima y Ana seduce a la ternura.


Queda impresa la imagen en el corazón.


Ana María Matute se resume en magia.



Me alejo emocionada con su manita entre las mías, pregunto retóricamente y en voz alta, “¿Sabes hijo a quién has besado?”. Una voz segura me responde, “Claro. A tu amiga”.




Salut Navarro Girbés

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25 dic 2008

El Niño Universal



















Antiquísimos volúmenes desvelan que hoy nace el Niño



Brotando indefenso, desnudo, hambriento.
Mecido entre alumbrados dolores e infinita mirada maternal.

Madre umbilical, fundida en amor, protectora y guardiana del Niño Universal.





Únicos, absolutos, individuales, que nacéis y morís todos los días entre gritos impotentes de la entraña que os da la vida. Coloridos, azabache sol o blanco niebla gélida. El aniversario de muerte se prepara con indiferencia de hombres y mujeres de barriga llena y regalos inútiles.

Vosotros, sois el futuro, pero no tenéis mañana, porque el sol no nace siempre por el mismo horizonte.





Existirá un mañana, para el Niño nacido de la Madre Universal. Todos somos Madre de cada Niño y cada uno de ellos, es nuestro Hijo.

Él, vive en Gambia, o en cualquier rincón escondido de ojos egoístas.

Corazones nobles perturban las raíces de nuestro mundo, sobreviven a la hipocresía y sacuden la conciencia de los Ciegos Universales.




Quizá algún día, seremos capaces de ver, de entender...



AUTORA: SALUT NAVARRO GIRBÉS

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9 dic 2008

TE REGALO PEQUEÑAS HISTORIAS DE DUENDES




















Franz Marc



MI NIÑO VIEJO


“Podrán cortar todas las flores,
pero no podrán detener la primavera.”

Pablo Neruda



Él siempre me quiso por lo que era y por lo que no era, por guapa y por fea, por silenciosa y por inquieta, por ángel y por diablo.


Apodado “El Balandro”, aún hoy no sé el motivo de tal mote, pues nunca vi embarcación alguna ni aspecto de marino en él. Aquel niño viejo me adoraba, y recuerdo con claridad su forma de mirarme con sus pequeños ojos despiertos y su eterna media sonrisa de cómplice infantil.

Su cruel vejez le robó recuerdos, independencia y salud pero nunca vitalidad y pasión por la vida. Rebelde en su infancia senil buscaba siempre mi compañía, existiendo la otra cara de la moneda que estaba impresa en los gruñidos que le regalaba a mi hermano, sin motivo alguno, excepto el de no ser yo.


Su caminar se volvió torpe y lento y me cogía de la mano como buscando el aplomo que yo le negaba por causas egoístas al tirar de él para llegar con rapidez a nuestro destino. En alguna ocasión aquel hombre comprensivo hasta lo insospechado estuvo al borde de un ataque que se hacía evidente por su cara rojiza y el desasosiego de los que nos veían pasar.


Una vez, sin intención, rompí su reloj favorito; en otra ocasión dejé escapar su palomo ganador…, recuerdo tantas aventuras acontecidas e incluso alguna traicionera como la oscuridad, de las que no dudan en pasar factura.

El viejo lobo de mar −aunque sólo lo fuera por su apodo− me pidió que de forma secreta me deshiciese de un billete de tren que lo acusaba probablemente de buscar cantos de sirena en la capital.


Entre mis manos pesaba como una losa y tal responsabilidad me hacía sentir confusa, porque fuesen cuales fuesen las opciones de resolución que podía tener una niña de mi edad, el instinto, el olfato o no sé muy bien qué, me decían que no existía ningún secreto que guardar y le traicioné. Le traicioné… Y aunque mi duende omitió la gravedad de la falta mi destino me condenó perpetuamente a no soportar la traición.

En nuestras pequeñas y grandes aventuras no le faltaron motivos de enfado, pero jamás le conocí una mirada de rencor, un reproche; siempre esa media sonrisa y esos pequeños ojos incapaces de odiar, sino de amar a toda costa con el amor más puro que existe, el de los niños.


Mi eterno niño,
mi eterno viejo,
mi duende…

MI ABUELO




AUTORA: SALUT NAVARRO GIRBÉS

"SILENTES"
ED. VERSOS Y TRAZOS


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